Ciencias noéticas, ¿reservado para chiflados?…

La ciencia noética explora el mundo interior de la mente y cómo se relaciona con el universo físico. Se trata de llegar a la naturaleza y posibilidades de la conciencia empleando para ello no sólo la razón y los sentidos, sino también, y en igualdad de condiciones, la intuición y el sentimiento.

Uno de los puntos de partida es que cerebro y mente no son lo mismo. El primero sería un mero receptor de señales, siendo la mente una fuente externa de información a cuyos contenidos se accede según las capacidades desarrolladas, potencialmente entrenables, y la voluntad puesta en el empeño.

La noética ha sido y es muy criticada por el mundo científico. Vivimos en un mundo donde se nos ha dicho que la realidad sólo puede ser percibida a través de cinco sentidos, que todo lo que ocurre tiene una causa lógica y mecánica que lo produce y que la comunicación directa entre mentes es imposible. Sin embargo, cada día son más los físicos y estudiosos que se atreven a indagar en los asuntos noéticos con un mínimo de seriedad. El precio a pagar, eso sí, es la pérdida de su reputación profesional.

Uno de los ejemplos más curiosos es el del astronauta Edgar Mitchell, que participó en la misión “Apolo 14″ de 1971 y que, como se encarga de recordarnos el periodista y divulgador Enrique de Vicente, se trata del único ser humano en posesión de un doctorado que ha pisado la Luna. Mitchel denominaba su caso como un viaje desde el espacio exterior al espacio interior, en un intento por comprender la naturaleza de la conciencia y la relación entre el cuerpo y la mente, siendo la faceta psíquica una parte más de ese camino de comprensión. Es decir, un astronauta reconvertido a “intronauta” y que acabó fundando uno de los centros más importantes en el mundo del psiquismo a día de hoy, el “Instituto de Ciencias Noéticas” de California (IONS).

Uno de los intereses más llamativos de la noética es la posibilidad de una conciencia global capaz de crear la realidad. Proyectos como el Global Consciousness Project, dirigido por profesores de la Universidad de Princeton, investigan la interacción entre esa supuesta conciencia global y una red de ordenadores, de manera que estos se verían alterados por los sentimientos de una gran cantidad de seres humanos, caso de grandes catástrofes mundiales, sin que exista ningún tipo de contacto físico.

A este respecto, resultan muy interesantes los estudios sobre las posibilidades de la meditación, habiéndose detectado importantes cambios en el funcionamiento del cerebro cuando el individuo está en estado contemplantivo, siendo cada día más abundantes los grupos de meditación colectiva que establecen sesiones de “reparación” social a través de la focalización grupal de sus energías. Uno de ellos es el “enfoque védico Maharishi“, que presume de estar avalado por más de quinientos estudios científicos.

A pesar de todas las críticas que ha recibido la noética y de haber sido considerada un subproducto de la llamada New Age, resulta más que curioso, no obstante, que los grandes gobiernos de este mundo aparentemente racional y lógico hayan invertido grandes sumas de dinero y recursos para investigar y experimentar estas técnicas con propósitos estratégicos y militares. Las que siempre fueron leyendas conspiranoicas se hacen historias reales gracias a las políticas de desclasificación de documentos a que hemos asistido durante los últimos años. Así, sabemos de operaciones como la estadounidense “MK-Ultra” para el control de la voluntad, del programa de ondas cerebrales del “Instituto Monroe” que despertó los recelos de la mismísima CIA, o de los cuerpos de espías psíquicos con visión remota financiados por Estados Unidos y la URSS durante la guerra fría, tomados tan en serio por uno y otro bando que los estadounidenses llegaron a “proteger” silos de misiles nucleares con muñecos gigantes de Mickey Mouse y el pato Donald para despistar a los videntes soviéticos…

Una de las mayores controversias en que se ha sumergido la noética es haber querido usar los principios de la mecánica cuántica para avalar sus principios. Así, la cualidad cuántica del “entrelazamiento“, por la que el observador influye de forma decisiva sobre lo observado debido a que estamos ante un campo unificado en el que absolutamente todo está relacionado entre sí, ha sido utilizada para promover la posibilidad de un cambio en la realidad a partir de la conciencia colectiva. De esta manera, estaríamos sometidos a una toma de conciencia individual por la que somos responsables de cada acto y pensamiento, pues la suma de las intenciones de cada individuo conduciría a un cambio de conciencia, y por tanto de realidad, a nivel planetario.

En los años setenta, el biólogo Lyall Watson propuso su “teoría del centésimo mono”, según la cual un hábito es adoptado por toda la especie cuando se alcanza un número determinado de individuos que lo practican, algo parecido a lo que en sociología se conoce como “masa crítica“, como si el conocimiento pasara de pertenecer a conciencias individuales a ser asumido por una conciencia global común a todos los seres de la misma especie. El término “centésimo” es puramente simbólico y no significa que sea el mono número cien quien activa dicha conciencia, sino que se trata de un número aún indeterminado.

En este sentido, la película documental ¿¡Y tú qué sabes!? (2004), de la que se ofreció una versión extendida en 2006, aborda sin pudor estos grandes interrogantes en torno a las consecuencias que los avances científicos pueden tener sobre nuestra percepción de la realidad y la relación entre ésta y la conciencia. Ciertamente, ha sido muy criticada y los científicos participantes en ella fueron tachados de “charlatanes” por frivolizar ciertos asuntos en torno a los conceptos de la física cuántica, al sacarlos de su mundo subatómico y extrapolarlos al mundo de los objetos supratómicos, donde sabemos que el determinismo anula cualquier posibilidad cuántica. ¿Sabemos? Bueno, al menos hasta ahora. Hace apenas un año no nos hubiéramos atrevido a  apadrinar tal “frivolidad”. Hoy asistimos atónitos a esa máquina cuántica visible al ojo humano que fue considerada el avance más revolucionario de 2010 por la revista Science. A partir de aquí, podemos reclamar con dignidad el derecho a seguir soñando…

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Publicado el 18/07/2012 en General. Añade a favoritos el enlace permanente. Deja un comentario.

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